La cosa fue así. Con dos amigos más (el cuarto se había ido dos días antes) volvíamos de nuestras vacaciones en la costa nuevamente hacia la Ciudad.
Con la excusa de ser parte del control de pasajes, uno de mis amigos arremete a encarar a las dos pibas que estaban subiendo y quienes gratamente se iban a sentar delante nuestro. Para hacerla corta, las dos estaban buenas. Tenían ese nosequé que me llama la atención. Después de hablar un rato de nuestras vacaciones una de ellas me pregunta de que se trata la pulsera amarilla que tenía en mi muñeca, a la cual orgullosamente le contesto: “Es que somos del PRO. Esta pulsera es de la juventud del partido”. En ese momento y luego de que a ambas le cambiaran la cara me di cuenta de que se trataba ese nosequé: eran dos militantes veinteañeras egresadas del CNBA. La cosa se iba a poner buena cuando una de ellas, Anita, se identificara como militante marxista-leninista, militante activa y parte de un programa radial del palo. No tuvo que pasar mucho para darme cuenta que estaba frente a un gran cuadro, lo cual me lleno de orgullo cuando sin mediar más que el diálogo, que a esta altura ya era un debate, me reconociera ella también de igual manera.
Debatimos un poco del pasado, lugares a donde esta claro que ella me llevó, por los cuales fui gustoso. Seguimos largo rato por nuestra actualidad (para lo cual a esa altura ya habíamos tenido varias advertencias de los pasajeros de que nos callemos o habláramos más bajo ya que querían dormir, se trataba de que eran las 03.00 am) y finalizamos con el futuro. Hablamos sobre nuestros proyectos e ideales. Es decir, todo aquello que nos mueve en la política.
Esta claro que teníamos dos visiones del mundo absolutamente irreconciliables desde el vamos. Ella creía en un modelo yo en otro. Más allá de que ambos estábamos de acuerdo de que hoy las concepciones ideológicas debían ser repensadas. Esto de etiquetar a uno y otro de izquierda o derecha sin más, ya no resultaba válido. Aún así trate en reiteradas oportunidades demostrarle que a pesar de pensar distinto podíamos llegar a puntos de encuentro sobre determinadas cuestiones. Que había cosas hechas que objetivamente eran buenas, y eso, era innegable. A pesar de haberla dejado en silencio en algunas oportunidades, nunca logre una aceptación de aquello que todos (aún ella en silencio) sabíamos que era bueno y se había hecho. Para ella seguía siendo un garca… un hijo de puta, bah. Y eso que antes de la charla política eramos dos fenómenos, yo y mi amigo.
Mi frustación ya no pasaba porque nos dieran bola o no. Se había corrido el eje del debate. Ya no se trataba de chamullar. Se trataba de hacerla entrar en razón de que: pensábamos diferente, y eso estaba bueno, pero aún así tenía que despojarse de determinados prejuicios y comenzar a reconocer en el otro también aspectos positivos. Aún tras horas y horas de intentarlo no lo logré. Nos saludamos y nos bajamos del micro. Ella seguramente cansada. Yo, por un lado feliz de ver lo comprometido e intelectual de gran parte de nuestra juventud, pero por otro profundamente frustado por no haberle podido demostrar, ni con acciones, que es posible construir entre todos un mundo mejor dejándo de lado todo tipo de visión maniquea de la sociedad, en donde sino sos nuestro amigo serás nuestro enemigo.
En fin, esa frustración no hace más que fortalecerme. No me rindo. La próxima la voy a hinchar las bolas un rato más, que por ahí termino de convencerla a ella y todo el micro. A las señoras del asiento de atrás me pareció convencerlas y eso, sin buscarlo, ya fue algo bueno sin dudas. (4)
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